Conversación con el Dr. Tomás Pellicer

Dr. Tomás Pellicer

    Los que ya tenemos una cierta, o mejor dicho, mucha edad, hemos asistido en los últimos años a auténticas revoluciones en el campo del diagnóstico y el tratamiento de graves patologías. La industria y la ciencia se han dado la mano y han creado una simbiosis que ha resultado tremendamente útil. Nosotros nos proveemos de fármacos y herramientas eficaces para nuestros pacientes y el mercado recompensa a las industrias investigadoras y fabricantes.

    El lanzamiento del timolol y todos los fármacos que le sucedieron, nos sacó de la dinámica en la que un diagnóstico de glaucoma, conducía al paciente a la ceguera, con el penoso acompañamiento de la pilocarpina, como único tratamiento.

    La facoemulsificación y las lentes intraoculares, nos alejaron de la cirugía intracapsular, con sus graves complicaciones y la incómoda afaquia de nuestros abuelos y eliminaron también la catarata como causa de ceguera y de invalidez.

    También los antiangiogénicos abren una ventana a la esperanza en el campo de las degeneraciones maculares.

    En este panorama, cada vez más despejado, aflora una patología que hasta ahora pasaba desapercibida, salvo en los casos más graves: el ojo seco.

    Porque antes, solo nos preocupábamos de los síndromes que provocaban graves lesiones corneales y ahora hemos descubierto que el ojo seco es un trastorno casi universal, con repercusiones no sólo patológicas sino sociales.

    El aumento de la edad media de vida, las condiciones de trabajo, rodeados de pantallas, de radiaciones electromagnéticas y en edificios “inteligentes”, cerrados y ventilados artificialmente, además de la degradación medio-ambiental, contra la que parece que no podemos o queremos luchar, nos ha convertido a todos los ciudadanos y especialmente a los urbanitas, en potenciales sufridores en menor o mayor grado, de síntomas de ojo seco.

    Sólo nos faltaba que la pandemia convirtiera la mascarilla en prenda de vestir habitual, con toda la repercusión que su uso tiene sobre la fisiología de la superficie ocular. No hay día en que no aparezcan pacientes en la consulta que, entre otras cosas, se quejen de sequedad ocular o solo de eso y no voy a entrar en las consecuencias laborales, económicas y sociales, ya expuestas en este foro por otros colegas.

    En cualquiera de sus grados, incluso en los más leves, supone un deterioro de nuestra calidad de vida, contemplado hace años por la industria, que satura el mercado de lágrimas artificiales, con toda clase de fórmulas y aditamentos. Y como paliativo está muy bien. Todo el mundo puede encontrar una lágrima a su medida hasta en el “super”.

    Pero también la clínica ha reaccionado. Se han creado unidades especializadas de superficie ocular en los Servicios, con la ayuda de la industria que ha desarrollado herramientas diagnósticas de calidad para el estudio de la patología lagrimal. El clásico BUT se ha quedado corto y ahora podemos medir la osmolaridad y hacer mapas de la distribución lagrimal.

    El diagnóstico y el tratamiento paliativo de los casos, al menos de los menos graves, está por el momento bien resuelto.

    Nos faltaba profundizar en la terapia a medio y largo plazo y entonces aparece en el escenario el láser IPL, que nos permite solucionar muchos de los problemas crónicos, especialmente de nuestros pacientes más jóvenes, que se libran de la esclavitud de la higiene palpebral y de las lágrimas. Aún estamos en la fase de exploración de la técnica, que seguramente nos irá aportando novedades y alegrías terapéuticas a medida que la vayamos conociendo mejor.

    Una vez más, la ciencia y la industria de la mano, avanzamos por el camino de la salud y de la calidad de vida de los pacientes.

Dr. Tomás Pellicer

Dr. Tomás Pellicer

Oftalmólogo Hospital Ruber Internacional